Antecedentes
Históricos

- LA LUISIANA.
Nueva y Real Población
de La Luisiana (Sevilla)

Como la «Nueva y Real Población» se acostumbraba a referenciar a la localidad sevillana de La Luisiana, al Este de la provincia, al menos en los libros parroquiales como el que muestra la imagen. Muy explícito es el título pues era «nueva» ya que se crea de la nada en 1768 por decisión «real» de Carlos III. Para completarlo sólo faltaba que se dijera también «germánica» pues de Alemania procedían la mayoría de sus primeros habitantes.

Las colonias de La Luisiana, El Campillo, Los Motillos (hoy desaparecido) y Cañada Rosal, creadas en baldíos de Mochales, terrenos comunales de la ciudad de Écija, son las únicas Nuevas Poblaciones que Pablo de Olavide funda en la provincia de Sevilla. La Luisiana era el núcleo principal pues las otras eran aldeas dependientes de ella. Se encuentra al pie del Camino Real que unía Sevilla con Madrid, en la zona conocida como «desierto de la Monclova», entre Carmona y Écija.

Por los hallazgos arqueológicos encontrados en el municipio de La Luisiana y en el de Cañada Rosal se sabe que en sus términos existieron asentamientos romanos y visigodos. Su cercanía a la Colonia Augusta Firma Astigi (Écija) y a Obúlcula (La Monclova), junto a la cantidad de monedas y restos encontrados en estos términos (en el Museo Arqueológico de Sevilla se encuentra una Estela con Epígrafe de «caccosa» encontrada en La Luisiana, del siglo I), así como la existencia de unos baños romanos que hasta primeros del siglo XX se utilizaron como baños públicos, nos confirman los asentamientos de diversos pueblos, sobre todo romanos, en sus tierras.

Los Baños Romanos de La Luisiana, en proceso de restauración. Los patricios romanos debieron utilizarlo como balneario por las propiedades curativas de sus aguas. Con la colonización de Carlos III se usan como baños públicos. Actualmente, se trabaja precisamente en recuperar su uso medicinal para enfermedades de la piel.

Como la «Nueva y Real Población» se acostumbraba a referenciar a la localidad sevillana de La Luisiana, al Este de la provincia, al menos en los libros parroquiales como el que muestra la imagen. Muy explícito es el título pues era «nueva» ya que se crea de la nada en 1768 por decisión «real» de Carlos III. Para completarlo sólo faltaba que se dijera también «germánica» pues de Alemania procedían la mayoría de sus primeros habitantes.

Las colonias de La Luisiana, El Campillo, Los Motillos (hoy desaparecido) y Cañada Rosal, creadas en baldíos de Mochales, terrenos comunales de la ciudad de Écija, son las únicas Nuevas Poblaciones que Pablo de Olavide funda en la provincia de Sevilla. La Luisiana era el núcleo principal pues las otras eran aldeas dependientes de ella. Se encuentra al pie del Camino Real que unía Sevilla con Madrid, en la zona conocida como «desierto de la Monclova», entre Carmona y Écija.

Por los hallazgos arqueológicos encontrados en el municipio de La Luisiana y en el de Cañada Rosal se sabe que en sus términos existieron asentamientos romanos y visigodos. Su cercanía a la Colonia Augusta Firma Astigi (Écija) y a Obúlcula (La Monclova), junto a la cantidad de monedas y restos encontrados en estos términos (en el Museo Arqueológico de Sevilla se encuentra una Estela con Epígrafe de «caccosa» encontrada en La Luisiana, del siglo I), así como la existencia de unos baños romanos que hasta primeros del siglo XX se utilizaron como baños públicos, nos confirman los asentamientos de diversos pueblos, sobre todo romanos, en sus tierras.

Los Baños Romanos de La Luisiana, en proceso de restauración. Los patricios romanos debieron utilizarlo como balneario por las propiedades curativas de sus aguas. Con la colonización de Carlos III se usan como baños públicos. Actualmente, se trabaja precisamente en recuperar su uso medicinal para enfermedades de la piel.

Pero las poblaciones de La Luisiana, El Campillo, Los Motillos y Cañada Rosal comienzan como tales a finales del año 1768 dentro del más ambicioso proyecto reformista de la ilustración española: la colonización y creación de las llamadas Nuevas Poblaciones, al sur de Despeñaperros.

Se denominan Nuevas Poblaciones a las ciudades y pueblos fundados de nueva planta, cuyo principal objetivo es el de suprimir los fuertes desequilibrios territoriales, mejorando el aprovechamiento de los recursos, repoblando zonas desérticas y buscando crear esa sociedad reformada, nueva, utópica e idealista que sirviera de modelo al resto de España y a la propia Europa. Así el rey Carlos III, Campomanes y Pablo de Olavide, junto a otros, hicieron posible que hombres de diversas naciones de Europa vinieran a transformar unas tierras yermas en pueblos vivos.

La recluta de colonos la realizó Juan Gaspar de Thürriegel, un aventurero bávaro. Éste, valiéndose de algunas artimañas, logró introducirse en la alta sociedad y círculos de la Corte madrileña. Propone la recluta de germanos como colonos con destino a las colonias americanas. El Consejo de Castilla toma en estudio la cuestión, puesto que estaba en conexión con los proyectos de Campomanes de realizar una reforma agraria, y se pide informe a Olavide, quien opina que enviar alemanes a los dominios americanos era peligroso, porque allí no serían absorbidos ni españolizados, por lo que aconseja el que se traigan a España.

En 1766 se empieza a tratar la empresa de Thurriegel y el 28 de febrero de 1767 autoriza el Rey el que se formalice el contrato para introducir en España seis mil colonos extranjeros, todos católicos, por lo que recibiría 326 reales por cada uno de ellos.

Es un edificio barroco de la época de la fundación, igual que la plaza en la que se encuentra, llamada de Olavide; en la fachada, sobre la puerta, puede apreciarse el escudo de armas de Carlos III, que fundó el pueblo. De tres naves, separadas por arcos de medio punto sobre columnas, posee una curiosa y bella cúpula estrellada sobre el presbiterio.

La situación económica que atravesaba parte de Europa y más concretamente Alemania, a mediados del siglo XVIII, era bastante precaria. Las muchas guerras en los territorios del Rhin habían traído consigo muchas calamidades. La mendicidad se convirtió en fenómeno universal y en un problema del tiempo en todos los países, alemanes y no alemanes. En este ambiente de pobreza es lógico que cuajara con fuerza la idea de la emigración a otros países. En este marco apareció la figura de Thurriegel, que tenía una mirada despierta para las cosas que ocurrían en su entorno. Realmente no necesitó crear el deseo de emigrar porque ya existía; todo consistía en hacer la propaganda adecuada. Y vaya si la hizo. Se sirvió de agentes que divulgaban sus proclamas en los mercados y en las ventas, redactados en alemán, francés e italiano. En ellas decía cosas como:

«A casi nadie le es desconocido el que España es una tierra de clima tan feliz y una región tan bendecida del cielo que ni el calor ni el frío muestran en ella nunca sus filos… Su tierra es una de las más productiva de Europa… produce lo más hermosos trigos, centeno, cebada, avenas y linos, produce también toda clase de hortalizas… ¿Qué personas reflexionarían largamente para dejar una patria donde carecen de toda fortuna o la poseen pequeña, donde suspiran en su pobreza en amargos sudores? ¿Qué personas, repito, se mostrarán remisas en marchar deprisa hacia la feraz y feliz España?…».

Con semejante verborrea, que tiene poco que envidiar al moderno marketing, no le fue difícil a Thurriegel conseguir los 6.000 campesinos para los que había sido contratado, buscando la Tierra Prometida de los panfletos en esta Andalucía del Sol, de la cal y de la luz. No traen más que sus manos, su trabajo y un montón de esperanzas, lo que junto a una suerte de tierra, un arado, un azadón, dos vacas, cinco ovejas y granos para la primera siembra, comenzaron a convertir una tierra llena de matorrales, lentisco, jara y palmas en una tierra productiva y competitiva con el resto de las tierras de la campiña sevillana y cordobesa.

El edificio que actualmente es el Ayuntamiento de La Luisiana, en la Plaza de Pablo de Olavide, fue el Pósito Municipal (depósito comunal de granos) cuando se fundó el pueblo

No fueron fáciles los comienzos. Poco pudieron disfrutar los colonos llegados a esta colonia de La Luisiana de «aquel jardín verde, de aquella constante primavera donde florecen los árboles, en todas las épocas del año, y no puede verse nunca la nieve» descrito en la propaganda del bávaro. Muchos fueron recibidos por el despiadado calor de verano que les sorprendió a medio instalar y les castigó con la dureza que acostumbra en los meses de julio y agosto, en esta zona de la campiña sevillana, donde se registran las mayores temperaturas de toda España. No empezó el verano a asomarse cuando ya comenzó a cobrarse las primeras víctimas una epidemia de fiebres tercianas (paludismo o malaria) y obstrucciones de vientre que tuvo lugar en las colonias, especialmente en Fuente Palmera y La Luisiana. Esta virulenta epidemia que casi acabó con la población y estuvo a punto de dar al traste con la colonización, se produjo por las condiciones tan deplorables en que se encontraban los colonos, viviendo amontonados en barracas, sin unas condiciones higiénicas-sanitarias, siendo un constante foco de infecciones, ayudado por la nostalgia por sus tierras y por las condiciones climáticas que tuvieron que soportar. Acostumbrados al clima de sus países se encuentran con un sol que quema y un verano riguroso, añadido al fuerte trabajo de desmonte, podemos hacernos una idea de la situación que tenían que superar para poder sobrevivir, lo que muchos no pudieron resistir.

La situación es descrita perfectamente por el propio Olavide quien, a finales del agosto de 1769 visitó las Nuevas Poblaciones de Andalucía. Estando concretamente en La Luisiana, cuyo estado deplorable le causó bastante impresión, escribió:

«No he podido ver sin mucho dolor el deplorable estado en la que la he encontrado… Muchas gentes viven en barracones de madera, sin más defensa en el techo que una tabla, se caldean mucho con las fuertes calores de Andalucía, exponiéndose a estas gentes a padecer mucho en su salud. Por eso todo mi deseo era adelantar la fábrica de estas casas este verano pasado y estuviesen a cubierto pues se observa que las que viven en ellas padecen menos o casi nada. Y ya que era posible hacerlas todas a un tiempo porque para esto no hay ni manos ni materiales, por lo menos cada familia viviese en su tierra haciendo una barraca en ella, con lo que no solo conseguía estuviese apto vecino y como obligado al trabajo sino que conservaba mejor sus salud viviendo cada familia separada con mayor ventilación y en barracas cubiertas de palmas y demás ramas que cubren mejor del sol y donde pueden habitar con más aseo, no en los impracticables barracones de tablas que se orugan por centenares, de personas todos revueltos y estando unidos los grandes con los chicos, los sanos con los enfermos, expuestos a la inmundicia, al desorden y al contagio.»

Todo ocurrió al principio y en plena adaptación. Al duro clima de esta zona, al agotador trabajo de desmonte, a las pésimas condiciones de vida, a la enfermedad que se apoderó de ellos… se unió otro problema más: el rechazo y la oposición de los vecinos españoles.

Écija por muchos motivos desempeñó un papel muy importante en la colonización de las Nuevas Poblaciones de Andalucía, de forma especial en las colonias sevillanas. La oligarquía ecijana puso su grano de arena para que el sueño de los colonos, proclamado por Thurriegel, de vivir en el «paraíso del sur de España» no fuera una realidad. De su término municipal fueron segregadas 14.573 fanegas, la mayoría dehesas, para la creación de La Luisiana, El Campillo, Los Mochales y Cañada Rosal. Esta disminución del término municipal ecijano fue una de las causas del descontento y malestar de la ciudad con la colonización, a lo que hay que añadirle que los directores de dicha empresa no supieron hacerlo bien, pues ni siquiera consultaron a los representantes de la ciudad y sin mediar ningún tipo de negociación -ni siquiera por cortesía- se limitaron a medir, trazar y planificar unas aldeas y unos pueblos en terrenos comunales de la ciudad ecijana.

Así hubo un acoso indiscriminado a los colonos, quemaron barracas y cosechas y, en definitiva, trataron de hacerles la vida imposible. Con el tiempo los enfrentamientos de los primeros años fueron dando paso a la concordia y a unas buenas relaciones humanas entre ecijanos y colonos.

En líneas generales éstos fueron los difíciles comienzos de La Luisiana y sus poblaciones cercanas. Aún hoy día se mantienen algunos de los apellidos de los primeros colonos que los llevan descendientes de aquellas primeras familias que se asentaron en estas tierras sevillanas. Además algunos de ellos están muy implantados en estos pueblos ya que son muchos los hombres y las mujeres que los llevan, siendo apellidos muy comunes y muy corriente de encontrar en esta zona. Filter Rodríguez nos cita varios como su propio primer apellido, que proviene del Palatinado (Alemania); Duvisón, de Brujas (Bélgica); Legran, del Obispado de Toul; Hebles, de Estraburgo (Francia); Ruger y Delis, del obispado de Metz; Bacter, del obispado de Constanza (Alemania), y otros como Ancio, Blondón, Demans, Bersapie, Sabe, Ruperti, Bule, Pigner, Uber, Pistón, Chambra, Cambon, Albalat, Chofle, Ransan, Salses, Seneper, Turanza, …

Junto a estos germanos también hubo colonos españoles que comenzaron a establecerse en su mayoría a medida que iban quedando suertes vacías por fallecimiento de colonos extranjeros; la mayoría provenían bien de los pueblos vecinos de Écija, Fuentes de Andalucía y La Campana, bien de Almería, Valencia, Galicia y alguna que otra región española.

El barón de Bourgoing, en su libro «Un paseo por España», en septiembre de 1777 describía así las Nuevas Poblaciones de Andalucía, menciona en ellas a La Luisiana, «de Córdoba a Écija hay diez leguas… Después del relevo de tiros, en la nueva y aislada venta de Magno Negro se llega a la Carlota… La Luisiana, otra colonia más allá de Écija, sólo contaba doscientos cuarenta habitantes».

Antonio Ponz en su viaje en el año 1791 por las Nuevas Poblaciones escribía:

«Vamos a las nuevas poblaciones que tuvieron principio en el año de 1768 solamente de las que se planificaron en el término de Écija: primeramente La Luisiana, en el arrecife o camino Real de Sevilla, distante de Écija tres leguas, con doscientos y cuarenta vecinos entre el pueblo y las aldeas que llaman El Campillo, Cañada Rosal y Carajolilla…»

Tres años después Leandro Fernández de Moratin describe esta localidad a su llegada a ella sobre el año 1794: «Llegamos a La Luisiana, una de las nuevas poblaciones; la posada llena de burros y machos y cencerros; voces, humo, jarrieros y un fraile dieguino y un Marqués de Écija, vestido de calesero, que me convidó a aguardiente».

Y no podía faltar el inglés George Borrow que, en su viaje por España en 1836, se alojó cerca de La Luisiana en una venta en la que la dueña tenía un aire germánico. Cuenta este aventurero británico, agente de la sociedad bíblica, en un episodio en su libro «La biblia en España»:

«A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Monclova donde hay una venta y un edificio de aspecto desolado con cierta apariencia de Chateau… Miré con atención a los venteros: eran jóvenes… Lo que más me chocó en la ventera fue el color de su pelo, castaño claro, y su tez, blanca y sonrosada, tan diferente del pelo negro y atezado rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia. ¿Es usted andaluza? -pregunté a la ventera- Casi estoy por decir que me parece usted alemana.

La ventera: No se equivocaría mucho su merced. Es verdad que soy española, pues en España he nacido, pero también es verdad que soy de sangre alemana, puesto que mis abuelos vinieron de Alemania, así como la de este caballero, mi señor y marido.

Yo: ¿Y cómo fue venir sus abuelos de usted a este país?

La ventera: ¿No ha oído nunca su merced hablar de las colonias alemanas? Hay bastantes por estas partes. En tiempos antiguos el país estaba casi desierto, y era muy peligroso viajar por él, debido a los muchos ladrones. Hará cien años, un señor muy poderoso envió mensajeros a Alemania para decir a la gente de allá que estas tierras tan buenas estaban sin cultivo por falta de brazos, y prometiendo a cada labrador que quisiera venir una casa y yunta de bueyes, con lo necesario para vivir un año. De resultas de esta invitación, muchas familias pobres de Alemania vinieron a establecerse en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para el caso, que aún llevan el nombre de Colonias Alemanas.

Yo: ¿Cuántas habrá?

La ventera: Varias. Unas por este lado de Córdoba y otras al otro. La más próxima es Luisiana, que está de aquí dos leguas; de allá venimos mi marido y yo. La siguiente es Carlota, a una diez leguas de distancia; esas son las únicas que yo he visto, pero hay otras más lejos».